sábado, 17 de octubre de 2009

VAMOS TERO !! jaja

Reportaje de la semana

Los pibes de Olimpo...
Merced a un juego vistoso, regularidad y mucho gol, los dirigidos por Horacio Kaddour enamoraron a sus hinchas y se quedaron con la ventaja deportiva. Puertas adentro del Carminatti, Luciano Delgado y Juan Manuel Tucci dialogaron en la pensión aurinegra junto a Lucas Vassallo, Juan Mauri, Leandro Filippini, Fernando Valderrama, Juan Abaca, Marcos Litre y Julio Furch. Revelaron intimidades de este gran equipo y por supuesto, dejaron claro su deseo de ser campeones…
LA DEJARON CHIQUITA


Si les dan a elegir: ser campeones o pasar a formar parte del plantel del Nacional B, ¿Qué eligen?
Lucas Vassallo: Las dos. Se que es complicado pero bueno…algunos tenemos la suerte de integrar el plantel profesional y ojala que a fin de año todos tengan la chance, además de lograr el titulo de la Liga.

Al ser un torneo tan parejo, en donde creen que sacaron la ventaja?
Juan Mauri: Fuimos un equipo muy regular. Venimos desde principio de año entrenando, y la unión del grupo y la forma en que se compactaron los sectores del campo fue esencial para quedarnos con la ventaja.

Con que palabra definen el tramo regular que ganaron?
Vassallo: Excelente
Marcos Litre: Un equipo
Fernando Valderrama: Muy bueno
Mauri: Regularidad y unión
Leandro Filippini: Unión

Compartir la pensión las 24 horas del día, es un plus para el armado del equipo?
Mauri: Si, eso ayudó mucho. Por ahí tenemos algunos roces obvios de convivencia, pero pasan dos minutos y ya estamos hablando de vuelta. Compartir la pensión ayuda mucho en el compañerismo.
Litre: No se si es una ventaja contra el resto, pero se que estando en una pensión nos cuidamos de otras cosas. Tenemos horarios que cumplir y descansamos bien y estar todo el día juntos te hace que te lleves mejor que con otra gente con la que no compartís tanto.

Sorprendió el acompañamiento de la gente en el último partido, ante Liniers?
Juan Abaca: Para mí que soy nuevo, me sorprendió mucho. En La Pampa no estaba acostumbrado a ver tanta gente.
Valderrama: Venía gente a vernos en la Liga, pero el últimos partido fue la hinchada a alentarnos y eso nos motivó más para ganarle a Liniers.
Mauri: Con Villa Mitre acá en primera ronda ya vino la hinchada y nos llevamos una grata sorpresa. Después con Liniers sabíamos que iba a ir gente pero no imaginamos tanta. Fue otra motivación.
Filippini: Sentir el apoyo de afuera nos hace entrar con más ganas.

Atraparon a la gente con el juego que imponen?
Filippini: En algunos partidos sí. Siempre salimos a ganar en cualquier cancha, aunque a veces no nos salían las cosas, la idea era jugar bien y hacia adelante. Hubo partidos en los cuales pudimos destacar el juego que hacemos.

Cuál fue el partido bisagra del torneo?
Filippini: El de Bella Vista en la tercera ronda, que perdíamos 1 a 0 y terminamos ganando 3 a 1.
Vassallo: Con Huracán allá. Ahí nos dimos cuenta que se podía ganar el titulo. Además la cancha es muy complicada y ganamos sobre la hora (2-1).

Y el equipo más difícil que enfrentaron?
Vassallo: Tiro.
Mauri: Tiro, fue el que mas nos costo, un solo partido pudimos ganarle.
Valderrama: Todos, si estamos unidos les va a ser difícil ganarnos

Cómo es una charla técnica de Kaddour?
Litre: Siempre nos dice que estemos tranquilos y que salgamos a jugar, a hacer lo que sabemos…
Mauri: Que confía en nosotros y en lo que podamos hacer en la cancha.

Que diferencias encuentran en el trato de él hacia ustedes, con respecto a otros técnicos?
Litre: Si, la semana pasada hablábamos eso, que es mas un padre que un técnico. Cualquier problema que tengamos, él está con nosotros.

El mejor partido del grupo?
Unánime: El que le ganamos a Bella Vista acá, 3 a 1.

Y el peor?
Todos coincidieron: El de Rosario allá, en Punta Alta, que igualamos uno a uno, y casi lo perdemos…

Corren con ventaja al formar parte de un club totalmente profesional?
Mauri: Creería que si, ya nomás estando en el club tenemos una ventaja. Además poseemos una preparación física mejor a la del resto, lo que hace que saquemos diferencias.
Valderrama: Y si, en los demás clubes los chicos tienen que salir a trabajar, mientras que nosotros nos dedicamos exclusivamente al fútbol. Nos juega a favor en los segundos tiempos, sacamos ventaja con Litre, Brian Scalco y la velocidad de Furch (risas).

Que diferencia encuentran en los entrenamientos de la Liga del Sur, y los del Nacional B?
Furch: Mucha diferencia en el entrenamiento no hay. Por ahí miramos lo que hacen los más grandes del equipo profesional, por la experiencia que tienen. Y cuando bajamos a la Liga terminamos siendo los más grandes, los de más experiencia, pero demasiada diferencia no hay.

Fernando: Al ser el capitán, sos el que mas habla en el grupo?
Hablar, hablamos todos iguales. Por ahí antes de entrar a la cancha digo unas palabras, pero nada más. Aca somos todos iguales, por ser el capitán no voy a ser quien mande más.

Te sorprendió que Horacio te dé la capitanía?
Por un lado sí, ya que después que se fue Mondelo, Menéndez y Brian (Scalco) habían llevado la cinta. Un día Horacio me dijo que iba a ser el que tenga esa responsabilidad y sorprendió un poco.
Filippini: A nosotros también nos sorprendió (risas)…

Que modificaron de sus vidas al llegar a la pensión?
Valderrama: Cambia en todo sentido. Dejas los amigos y tenes restricciones de horarios. Por ahí en mi casa al tener mi familia cerca no me afecto tanto, los puedo ver todos los fines de semana, pero cambia…
Litre: Lo único que cambia son las salidas, tenes menos libertad. Pero acá venimos a jugar al fútbol y lo fundamental es cuidarte en todo sentido. Al principio me costaba vivir acá, y sobretodo porque todo se dio muy rápido, pero ahora estoy más adaptado.
Mauri: Yo vine en 2005 de un pueblo chico como Realicó y como todos, los primeros tiempos cuestan. A medida que pasa el tiempo, todo pasa. También tuve la suerte de cuando llegue había un grupo muy lindo, y debía compenetrarme en jugar al fútbol nomás.
Filippini: A mi no tanto. Yo estaba acostumbrado al ambiente de pensión, antes de venir acá estuve en Lanús, y al ser de Mercedes, tenía a mi familia a una hora. Desde que estoy en Bahía cuesta ir a visitarlos por la distancia y ellos solo han venido 3 o 4 veces en cuatro años.
Vassallo: Es como dicen los chicos, acá te privas un poco las salidas. En Santa Rosa entrenaba y después nadie me ponía límites para ir a visitar amigos hasta la hora que quiera. Pero acá se viene a jugar y somos conscientes a lo que nos exponemos.
Furch: Me costo acostumbrarme al movimiento, teniendo en cuenta que vengo de un pueblo chico. Pero con el grupo que hay acá todo se hace más fácil.
Abaca: Yo estuve en Buenos Aires 8 meses, entrenando en Chacarita, así que la llegada a la pensión de Olimpo no me costo en ningún momento, venía adaptándome.

Cómo es la vida en la pensión?
Mauri: Es una vida tranquila. Es cierto que te prohibís de muchas cosas pero acá conoces gente todos lados, te haces amistades que nunca hubieras podido conocer. Por ejemplo, Filippini ha venidos varias veces a mi pueblo (Realicó), a mi casa y cuándo iba a saber que iba a conocer a este! (risas) compartimos muchas cosas…
Interrumpe Litre: Le roba las mujeres encima…(risas)
Vassallo: No empecemos con ese tema (risas)
Valderrama: Pasan muchos chicos por acá, entonces uno se hace amigo y todos tiramos para el mismo lado, por lo que es muy lindo lo que vivimos.

Aconsejan a los mas chicos de la pensión?
Valderrama: Se le habla pero mucho caso no te hacen (risas). Son buenos chicos.
Filippini: Siempre se le habla de buena leche. A veces por tener un par de años más, vivimos cosas que ellos van a pasar y los aconsejamos de la mejor manera. Yo cuando llegue tenía compañeros 4 años más grandes y me decían algo y tenía que agachar la cabeza…Me sirvió mucho lo que me han hablado.
Valderrama: Yo tengo cortito a Julio Furch, por suerte tengo un físico que me acompaña, le digo algo y se va al mazo…(risas).
Furch: ¡Qué va a dominar este! No se puede dominar ni él…(risas generales).

Se comenta que en una pensión de 14 chicos no hay Play Station, es cierto eso?
Litre: Es cierto eso. Había hasta hace poco, era de Vasallo que se la tuvo que llevar por que era del hermano.
Valderrama: Por un lado mejor, ya que por el lado de la Play comenzaban las peleas.
Filippini: En un momento llego a estar la Play 1, 2 y hasta 3.
Litre: Ahora hubo un retroceso, tenemos la Family y la Sega…(risas)
Filippini: Ahora colgamos con las cartas, son épocas. Pasamos por el Ping-Pong y otros juegos.
Valderrama: Ahora hay alguno que le mete Bingo para pasar las horas (mira a Juan Abaca y dice: el de gorrita puma, ese le da al bingo…) (risas).
Litre: Es cierto, después de los partidos Juan me dice de ir, vamos y volvemos re alunados por que no ganamos un peso.

Son de salir cuando tienen libre?
Mauri: Poco, por que si no entrenamos con la liga, tenemos que entrenar con el Nacional B y no podemos. Si jugamos un sábado y al otro día tenemos libre, por ahí salimos a dar una vuelta.

Son de mirar fútbol en la pensión?
Vassallo: En algunas piezas si, en otras…(silencio)
Mauri: En la pieza que esta Filippini se ve todo chimentos, Intrusos e Infama.
Litre: Valientes es lo único que ven todos los televisores a la vez, estamos compenetradísimos con esa novela.
Vassallo: Animales sueltos también.
Litre: “Valde” mira “Ni-Ni” (risas).
Valderrama: Cuando puedo agarrar el control, a veces miro dibujitos (risas).

Quién es el más vago y el más trabajador?
Litre: El mas vago es Mauri y el más trabajador Abaca o el “Valde” que a veces se prende a cocinar.
Valderrama: Sí, tengo la suerte de saber cocinar y a veces los deleito…(risas)
Mauri: Yo soy el mas viejo, vengo laburando hace 5 años, que ellos hagan algo ahora…
Litre: El que no hace nada y mejor la pasa es Vasallo. El pone para comprar pero no le pidas nada…no sabe prender una hornalla.
Valderrama: Y después la limpieza de la pensión esta seleccionada. Un dia le toca a un grupo, otro dia a otro…
Filippini: No vamos a dar nombres, pero hay alguno que saltea los días (silencio).
Furch: En nuestra pieza, el que mas hace es Juan (Abaca), no le gusta ver nada sucio, limpia todo.
Mauri: Filippini es el loco de la ropa, del orden…si le desordenás es capaz de pegarte.

Quiénes se levantan más temprano?
Valderrama: Y son los que entrenan con el equipo Profesional, y los chicos que van a la escuela. El resto duerme hasta tarde.
Litre: Por ahí si hay días libres nos levantamos tipo doce y media, los aprovechamos a full. El más madrugador es Abaca.
Filippini: Hay uno que tiene el récord en dormir. Leandro Melchior, un chico 90, si tiene cinco minutos para dormir lo aprovecha… Me parece que ahora que llego de entrenar debe estar durmiendo.
Valderrama: Llega de entrenar, se baña y se acuesta a dormir, se clava algo para comer y capaz le pega hasta el otro día…(risas).

Cómo se dividen las habitaciones?
Valderrama: Hay piezas de cuatro, pero dormimos de a 3, también de a dos. Yo duermo, bah, estoy en la misma pieza (risas) con Filippini, y luego está en la otra pieza Abaca, Vassallo, Furch y Melchor, Mauri está con Bilbao…
Mauri: Comparto la pieza no estoy con Bilbao (aclara).
(Anónimo:…: Está Saliendo con Bilbao!) Mauri: Ah bueno, pero no tenían que decir nada ustedes (risas), ahora se fue a la casa asique por quince días estoy solo. Igual es una pieza de dos personas.
Filippini: Igual lo único que lo usa es para dormir, porque después está todo el día en mi pieza (risas).
Valderrama: Mauri se le mete en la cama a Filippini (risas).

Cómo es la pieza de los más nuevos (Abaca, Furch y Vassallo)?
Vassallo: Tranquila. Mucho mate.
Filippini: Mate y girasol los rusos (risas). Abaca es tranquilo cuando no lo conocés, la primera impresión es tranquilo (risas).

Acá hay una diferencia: Marcos, Valde y Mauri ya jugaron Nacional B, cómo fue esa experiencia?
Valderrama: El que tuvo más la posibilidad de ir al banco y jugar fue Marcos. Nosotros tuvimos la posibilidad de jugar ante All Boys con Mauri, tuvimos la suerte de entrar y hacer bien las cosas para empatar el partido, pero él es quien más experiencia tiene.
Filippini: Sí, por eso cuando estamos en la cancha dice “dénmela a mi que yo cambio el partido” (risas).
Después de las “gastadas”, Litre hace su descargo:
“La verdad es un orgullo haber jugado pero la verdad yo me siento igual que todos, trato de hacer las cosas bien y no dar el ejemplo pero sí transmitirle a los chicos que uno entrenando y con mucho esfuerzo, las oportunidades siempre llegan. Pero me siento igual que todos”.

Cómo fue aquel debut, ante San Martín de San Juan?
Ganamos 1 a 0 con el gol del “Pampa” Olivi. Fue todo muy sorpresivo, pasó todo muy rápido, yo no me lo esperaba pero bueno, llegó el día y tuve que jugar. Encima ese día se lesionó Pirchio, por una contractura y me dice Daniel Florit, “dale que vas a entrar flaco”, yo no sabía ni donde estaba parado, las patitas me temblaban (risas).
Apreté el triángulo y metí el pase gol para el “Pampa” (risas)
Luego tuve la suerte de seguir jugando pero creo que no fueron partidos muy buenos, pero conocí muchas canchas, conocí lugares en los que pensé que jamás iba a estar asique por ese lado muy contento.

Qué música se escucha en la pensión?
Valderrama: Hay Dvd´s y el grabador de Juan (Mauri) que se lo rompió Litre el fin de semana (risas).
Litre: Yo le dije que lo lleve a arreglar que se lo pago (risas).
Valderrama: Lo que más se escucha es cumbia.
Filippini: Y ahora le metemos algo de Arjona para hacerle propaganda nomás e ir aprendiéndonos las letras para el recital -viene el martes próximo- (risas).

Van a poder ingresar al recital?
Valderrama: Creo que nos vamos a meter, y si no nos dejan, algún quilombo vamos a hacer…(risas). Escuchar lo vamos a poder escuchar, excepto que nos echen de la pensión por el recital.
Mauri: Mirá si dicen que Arjona va a usar tu cama para dormir (risas)
Litre: Que la llene de chicas! Que deje alguna que hay un hambre acá…(risas). En la puerta tenemos que poner “Camarín de Arjona” para que las minas se metan y ahí aparecemos todos…(risas).

Hablando de mujeres, quien es el más ganador de la pensión?
Todos hablan pero ninguno toma la posta y dicen: Abaca, Filippini, Vassallo… Furch ríe, Abaca también y Filippini señala que le encantan las mujeres, pero actualmente no puede hablar del tema. Valderrama también acompaña con una sonrisa pícara, y Mauri cierra con un contundente “Acá son muy `chimangos´ todos, muy `alsados´ realmente…”

Son de ver otros equipos?
Filippini: No, vamos a ver los equipos que juegan contra Olimpo en el Nacional B, tuvimos la oportunidad de verlo a Huracán (de Ingeniero White) cuando jugó acá en el Argentino C. Y quien juegue acá los vamos a ver.
Litre: También somos de ir a ver las menores de Olimpo.

Alguno practicó otro deporte?
Mauri: La altura para el básquet no me daba, y para el voley tampoco (risas).
Valderrama: A mi me habían llamado para jugar al básquet, pero todavía no tenía zapatillas…andaba con las “Flecha” todavía (risas).

En la pensión manejan Internet?
Mauri: Lucas (Vassallo) maneja su Notebook.
Vassallo: Igualmente la usan todos…
Valderrama: No digas así. Yo se la pedí y me dijo no, porque vos sos negro y la vas a romper. Me discrimina, yo no entiendo, Filippini también es negro y no lo discriminan (risas).
Mauri: Lo que pasa es que se conecta desde las 7 de la tarde hasta las 2 de la mañana, y es el mejor horario, asique aprovechamos el ratito que nos quede…
Filippini: Igualmente a las 2 de la tarde también se pelean por agarrarla. Hoy por ejemplo la agarré yo a esa hora (risas).

Para conocer mejor a cada uno…

Juan Mauri: El equilibrio

Juan Alberto Mauri nació el 29 de Diciembre de 1988 en Realicó, La Pampa. Mide 1,75 metros y pesa 70 kilos. Sus padres son Oscar Alberto Mauri e Isabel Emiliana Giraudo. Tiene dos hermanos: José Agustín, quien se encuentra en Italia (un genio según Juan) y Agustina. Su ídolo futbolístico es Zinedine Zidane.

Cómo fueron sus inicios?
Arranqué a jugar a los 6, 7 años en Realicó. Iba a entrenar y es el club donde jugué siempre, Ferro de allá. Y después a los 16 recién cumplidos me vine para acá. Allá a los 14, casi 15 años debuté en primera, jugue algunos partidos y estaba andando bastante bien y mi tío siempre insistía para que venga a probarme a Olimpo. Mis viejos no me dejaban por el estudio, y porque era bastante vago (risas). Pero luego me dejaron y tuve la suerte de venir, en Abril de 2005.
He jugado al básquet y al voley sobretodo por los torneos de la escuela, pero me inclino más por el fútbol, es lo que más me gusta.

Que es lo que más recordas de la infancia en Realicó?
Y…de la infancia siempre los recuerdos son ligados al fútbol, al club Ferro, vivía ahí…Mi familia siempre estuvo ligada al fútbol, mi “viejo” fue técnico y yo siempre andaba dando vueltas con los jugadores más grandes.

Qué sentís al verte tan bien catalogado a lo largo del campeonato? ¿Cómo tomas ser siempre bien puntuado por los periodistas?
Quizás no le doy tanta importancia a los puntajes. Yo se cuando uno juega bien o mal, porque vos mismo te das cuenta, para cuanto jugás. Después sí, los llevo para mi casa y mi viejo me dice, o mi tío también que lo lee, y te felicitan y eso es un orgullo, la verdad. Lo mismo cuando voy a mi pueblo, que lo leen por Internet y estan todos pendientes, la verdad que me pone re contento eso.

Sos el jugador más famoso de Realicó?
Hay chicos jugando en Junín, en Sarmiento, hay otro en Independiente, que está en la Selección Sub 17, que es arquero, pero después no. Y también hay otro chico que jugaba en mi club y estaba en España, en la segunda o tercera división, que había jugado en la CAI y en Luján de Cuyo.

PING PONG:
Virtud: Le pego con las dos piernas.
Defecto: Soy muy getón, me caliento enseguida…me gusta pelearme con los rivales. Con algunos jugadores de Bella Vista siempre hubo peleas dentro de la cancha y afuera también, pero nunca pasó a mayores. Aparte me gusta sobrar al rival, hacerlos enojar.
Tu mejor partido: En el Nacional B contra All Boys, por la cantidad de gente que había y porque éramos todos pibes…me tocó entrar faltando 25 minutos, recuerdo que estaba calentando y vino Escudero (Marcelo) y me dijo: “Dale, entrá y demostrá lo que sabés hacer”.
El peor: Contra Sporting y Rosario, ambos en Punta Alta. En este último me sacaron en el entretiempo y me quedé sentado en el banco, re caliente…
Película: Gladiador.
Canción: Mujeres, de Ricardo Arjona.
Programa de TV: Animales Sueltos.
Actriz: Angelina Jolie.
Actor: Nicolás Cabré.
Mujer famosa: Jessica Cirio.
Grupo musical: Sabroso.
Comida: Asado.
Lugar en el mundo: Realicó.
Profesión: Educación física.
Hobby: Juntarme con mis amigos. Hasta hice amigos fuera del fútbol ya en Bahía. En un ciber conocí a unos chicos que tenían una banda de Rock Nacional y he ido a verlos cantar, un par de veces.

Juan Abaca: El revulsivo

Juan Manuel Abaca nació el 29 de Diciembre de 1989, en Santa Rosa, La Pampa. Mide 1,76 y pesa 70 kilos. Sus padres son Mario Abaca y Delia Esther Happel. Tiene seis hermanos: Gisela, Ezequiel, Martín, Gimena, Cristian y Carlos. Su ídolo futbolístico es Claudio Paul Caniggia.

Cómo arrancaste a jugar?
Yo arranqué a los 7 años en el club All Boys. Después a los 16, 17 me fui a Buenos Aires, de donde volví para jugar en Atlético Santa Rosa y de ahí vine acá a Olimpo.
Mi papá consiguió el número de Horacio (Kaddour) y vine a probarme, con un chico que está en Sporting ahora, luego vine con Vassallo, y quedamos los dos juntos. Le dí suerte a Lucas (risas).

Que recuerdos se te vienen a la mente de tu infancia?
Cuando empecé a jugar al fútbol, a los dos años de que arranqué a jugar, fuimos a un mundialito a Mar del Plata y fue lo más lindo.
Mis tres hermanos también juegan al fútbol, el más grande es árbitro y mi papá director técnico.

Dicen que sos el barrabrava de Olimpo en el básquet…
Sí, me gusta ir a ver básquet, soy uno de los que más alienta a los chicos…(risas).
Qué pasó con los papeles y el colegio?
Y estamos complicados…me falta un montón para terminar todavía. Lo que pasa es que estuve estudiando allá, mientras estuve en Chacarita, pero luego perdieron los papeles así que no pude volver a estudiar.

Te sentís el hombre de los segundos tiempos?
Y creo que los que vienen jugando de titular vienen jugando muy bien. Y por eso yo tengo que demostrar entrando desde el banco que también quiero jugar. Por suerte las cosas me están saliendo en algunos partidos, pero tranquilo.

PING PONG
Virtud: El pique corto.
Defecto: Me gusta pelearme con los defensores.
El técnico más influyente de tu carrera: Con quien más campeonatos gané allá, en La Pampa, Martín San Crudell.
Grupo musical: Karina.
Canción: Jamás, de Karina.
Película: Rápido y furioso.
Programa de TV: Los simpsons.
Actriz y actor: Y, actriz no conozco mucho, y actor…menos (risas).
Mujer famosa: La “Negra” Capristo. Las fotos que tengo en la pieza me matan…
Comida: Los ravioles de la pensión.
Lugar en el mundo: Me gustaría conocer España.
Profesión: Educación Física.
Hobby: Estar con mi familia, y con mi novia.

Marcos Litre: El velocista
Marcos Esteban Litre nació el 14 de Septiembre de 1989 en Pigué. Mide 1,83 y pesa 70 kilogramos. Sus padres son Carlos Litre y María del Carmen Cousté. Tiene un hermano, Leandro (arquero del Club Sarmiento de Pigué). Su ídolo futbolístico es Diego Armando Maradona.

Cómo te iniciaste en el fútbol?
Siempre jugué en Sarmiento de Pigué. Arranqué de chiquito, fui con dos amigos que tenía en el barrio, no recuerdo si tenía 4 o 5 años y jugué hasta antes de venir a Olimpo.
A los 17 años debuté en primera allá y tuve la suerte de salir campeón también.
Llegué a Olimpo por intermedio del papá de “Lucho” González, quien conocía a Daniel Florit y me dijo si quería venir a probarme, yo le dije que sí, no tenía problemas, y quedé en esa prueba. Hasta ahora, todo bien por suerte…

Qué es lo que más se extraña de Pigué?
La familia…papá, mamá y mi hermano, con quien compartíamos entrenamientos en Sarmiento, yo lo cargaba y se re calentaba (risas). Extraño mucho entrenar en mi club, en el equipo me llevaba muy bien con todos…
Y la ciudad también se extraña…un pueblo chico donde nos conocemos todos. Tengo que volver a rendir unas materias que me quedaron del secundario todavía, como para tenerlo completo, y también porque mi “vieja” me taladra la cabeza…(risas).

PING PONG
Virtud: La velocidad.
Defecto: Me cuesta aguantar la pelota. La fuerza.
Tu mejor partido: Contra Tiro Federal de Puán, jugando para Sarmiento. Ganamos 2 a 0 y salimos campeones.
El peor: Seguramente alguno con Olimpo en el Nacional “B”.
El técnico que más te marcó en tu carrera: Néstor Santiago. Un técnico que tenía en menores, y nos daba mucha libertad. Nos decía, chicos, tomen la pelota y diviértanse…en los entrenamientos hacíamos puro fútbol.
Lo más raro o gracioso que te hayan dicho en una cancha: En Buenos Aires, yendo a jugar con Olimpo el Nacional “B”, recuerdo que me gritaban “Flaco, alimentate más!”.
Grupo musical: Guasones.
Canción: Si el amor se cae, de Los Cafres.
Película: 300.
Programa de TV: Expediente fútbol.
Actor ó actriz: Jim Carrey.
Mujer famosa: Floppy Tesouro, me vuela la cabeza…
Comida: El bife a la criolla con papas fritas que me hace mi mamá.
Lugar en el mundo: Las Islas Canarias.
Profesión: Psicólogo deportivo. Tendría que terminar el colegio primero, obviamente (risas).
Hobby: Estar con amigos.

Fernando Valderrama: El distinto

Fernando Gabriel Valderrama Vidal nació 13 de Abril de 1989, en Bahía Blanca. Mide 1,65 y pesa 62 kilos. Sus padres son Héctor Valderrama y Sofía Vidal. Tiene cinco hermanos: Natalia, Héctor, Federico, Cinthia y Ayelén. Está de novio con Valeria Velozo. Su ídolo futbolístico es Juan Román Riquelme.

Tu caso es distinto porque sos de la ciudad. Cómo fueron tus comienzos?
A Olimpo me trajo mi viejo, una tarde estaba leyendo el diario y vio que decía de una prueba, me dijo si quería y vine. Anteriormente estaba jugando en mi barrio, Grumbein, jugando la liga barrial, de los 5 a los 10 años.
Mi papá me trajo y recuerdo que la prueba fue acá en el Carminatti, cuando era todo tablón. Tenía 11 años, después de la prueba me dijeron que me iban a llamar, yo pensé que me estaban “bolaceando” que no me iban a llamar, pero por suerte sí lo hicieron y acá estoy…

Qué recuerdos guardás de tu infancia en Grumbein?
Mi familia, muy numerosa y muy futbolera. Salía siempre a joder con los amigos, es lo que más recuerda uno…
Una tarde Daniel Florit me ofreció si quería venir a la pensión, porque iba a ser más cómodo por el tema de los entrenamientos, lo habló con mi “viejo” y acá estoy…

PING PONG
Virtud: La gambeta, tirar caños…no quiero hablar nada pero bueno (risas).
Defecto: Soy muy calentón y fastidioso. Tengo cuatro amarillas y tengo que cuidarme…
Tu mejor partido: Tuve dos. Uno acá en el Carminatti este año ante Villa Mitre, que ganamos 1 a 0 con el gol de Furch. Y otro el año pasado, con Sansinena, que íbamos perdiendo 3 a 1 en Cerri y ganamos 4 a 3. Tuve 15 minutos que son inolvidables.
El peor: Como dijeron todos, en Rosario allá en Punta Alta. Aquella tarde si no fuera por Vassallo, perdíamos los tres puntos, y encima con el último.
Alguna anécdota que recuerdes dentro de la cancha: El primer partido ante Villa Mitre, fui a patear un corner desde la esquina de Chile y O´higgins…me agarraron del pelo, me escupieron y me tocaron el c…(risas). Y los hinchas de Bella Vista que me gritaban “Enano”, “Chileno”, pero uno ya se va acostumbrando…
Película: No soy de mirar muchas películas, pero hoy estuve mirando Tonto y Re Tonto, a pesar de que me dormí, es una película que me gusta.
Grupo musical: Hay varios. Mario Luis, La Nueva Luna, entre otros. Pero todo cumbia.
Canción: Choque de cometas, de La Nueva Luna.
Programa de TV: Me gusta esperar los fines de semana para mirar Fútbol de Liga. Y los lunes, Olimpo de Primera.
Comida: Matambre a la pizza, que cocina mi viejo.
Lugar en el mundo: Me gustaría conocer Inglaterra.
Profesión: Chef.
Actriz: Se me complica, porque mucho no conosco…Julieta Díaz.
Actor: Me gusta mucho el “Huevo” de Valientes (Alejandro Muller).
Mujer famosa: Famosa no me gusta ninguna, me quedo con mi novia. Pero si tengo que elegir me quedo con Valeria De Gennaro.
Hobby: Escuchar música y estar con los chicos de la pensión.

Lucas Vassallo: La muralla

Lucas Rubén Vassallo nació el 23 de Agosto de 1987 en Santa Rosa, La Pampa. Mide 1,86 y pesa 84 kilos. Sus padres son Carlos y Mónica. Tiene un hermano, Juan Cruz, también futbolista. Su ídolo futbolístico es Enzo Francéscoli.

Desde que edad comenzaste a jugar?
A los 5 años empecé a jugar en All Boys, jugué hasta el año pasado ahí, debuté en primera a los 17 años, jugué la Liga local y también un Torneo Argentino C, donde enfrentamos a Bella Vista en el 2005, lo hice hasta Noviembre del año pasado, fui parte del equipo que clasificó al Argentino C y a Olimpo llegué, a principios de año, junto a Juan (Abaca), con quien nos conocemos desde hace mucho tiempo.

Qué recuerdos tenés de tu infancia?
Los recuerdos de más chico también pasaban por el fútbol, desde los cinco años que iba a jugar al club y luego volvía para jugar con los chicos del barrio, pero siempre ligado a la pelota.

Tu familia es futbolera?
Sí, la verdad que sí. Mis viejos siempre me siguen, siempre que tienen la oportunidad vienen, y mi hermano también. Juega en el mismo club donde jugué yo, y toda la vida se ha dedicado al fútbol.

Sos uno de los más grandes de edad, pero de los más “nuevitos” en la pensión: Estudiaste algo luego del colegio secundario en Santa Rosa?
Sí, pude terminar el secundario y después estudiar Técnico en Relaciones Públicas, un terciario. Pese a que fue más por estudiarlo…lo mío pasa por el fútbol y espero seguir ligado a esto por mucho tiempo.
Uno quiere jugar al fútbol en cualquier lado, y poder vivir de esto. No me importaría bajar una categoría del Nacional “B” y jugar un Argentino “A” ó “B” porque realmente es lo que me gusta.

PING PONG:
Virtud: El juego aéreo. La altura ayuda…
Defecto: La velocidad y la marca.
Tu mejor partido: Una final de la Liga Cultural, en el cual pude convertir el gol sobre la hora (fue mi segundo gol en Primera) y con ese gol salimos campeones, ante Sportivo General San Martín.
El peor: Y…hay muchos partidos malos, no siempre se juega bien (risas).
Música preferida: Cuarteto.
Grupo musical: Sabroso.
Tema favorito: No tengo uno en especial.
Película: Diario de una pasión, para verla acompañada (risas).
Programa de TV: Casados con hijos.
Actor ó Actriz: Mariano Martínez.
Mujer famosa: Valeria De Gennaro ó Cinthia Fernández.
Comida: Milanesas a la napolitana con papas fritas.
Lugar en el mundo: Egipto.
Profesión: De la cual me recibí, Relacionista público.
Hobby: Escuchar música y estar con mi familia.

Julio Furch: El gran goleador

Julio César Furch nació el 29 de Julio de 1989, en Winifreda, La Pampa. Mide 1,89 metros y pesa 86 kilogramos. Sus padres son Héctor Eduardo Furch e Irma Silvia Winschel. Tiene un hermano, Enzo Hernán, y su ídolo futbolístico es Martín Palermo.

Cómo fueron tus inicios en el fútbol?
Yo jugué siempre en Winifreda (salta Valderrama “chicaneándolo” y le dice: Contá cuando te fuiste a jugar a Italia…) y Julio cuenta: Un día hubo en Mac Allister (de La Pampa) una prueba en la cual quedé, un empresario me llevó a Italia, a Émpoli más precisamente, estuve probándome un mes y luego volví a seguir jugando en mi pueblo. A Olimpo llegué por intermedio de Juan Khun, un ex jugador de Olimpo que fue a probar jugadores allá, y como conocido de Horacio (Kaddour) y de Daniel (Florit), llegué acá.

Qué recuerdos tenes de tu infancia?
Y son siempre ligados al fútbol, desde chiquito, en la escuelita de fútbol allá en mi pueblo, conocer a todos, y jugar desde los 5 a los 10 años, siempre con los mismos chicos.

Te sentís más reconocido en Winifreda?
Sí, al ser un pueblo chico (2.500 habitantes), se comenta mucho esto de Olimpo. Igualmente se enteran siempre por Internet

PING PONG:
Virtud: El cabezazo, y el estar “ahí” siempre para hacer goles…
Defecto: El ser callado y no hablar mucho dentro de la cancha.
El mejor partido: En Winifreda, jugando un provincial, ante Alvear Fútbol Club. Ganamos 1 a 0.
El peor: Jugando para Olimpo, contra Sporting en Punta Alta, perdimos 2 a 0.
El técnico más influyente en tu carrera: Alfredo Sauro.
Alguien que te haya hecho reír dentro de la cancha: Facundo Laumann me hace reír mucho, es el centro de la joda…
Música favorita: Reggaeton.
Grupo Musical: Daddy Yankee o Don Omar.
Canción: Alguna de Daddy Yankee.
Película: No miro muchas películas, no me gusta.
Programa de TV: Valientes.
Actor: Ricardo Darín.
Mujer famosa: Mónica Farro.
Comida: Asado.
Lugar en el mundo: Italia.
Profesión: Eduación Física.
Hobby: Escuchar música o mirar “tele”.

Leandro Filippini: Fútbol y sacrificio

Leandro Ezequiel Filippini nació el 9 de Febrero de 1990, en Mercedes, Provincia de Buenos Aires. Mide 1,68 y pesa 68 kilogramos. Sus padres son Oscar Filippini y Betty Artigué. Tiene tres hermanos: Sebastián, Mauro y Paola. Su ídolo futbolístico es Enzo Francéscoli.

En donde y cómo comenzaste a jugar?
Yo soy de Mercedes, provincia de Buenos Aires, a 100 kilómetros de Capital. Arranqué a los 6 años hasta los 14. Estuve jugando en casi todos los equipos de Mercedes, hasta que a los 15 llegó la oportunidad de ir a Lanús, tras una prueba en Chivilcoy. Me observó Daniel Poggio (quien luego sería gerente de fútbol en Olimpo). Compartí la pensión de Lanús pero no jugaba nunca, por lo que me volví a Mercedes, desde los 15 hasta los 16 años, y ahí precisamente me llama Poggio de vuelta, que tenía la oportunidad de venir a Bahía Blanca, a Olimpo. Mis viejos no querían saber nada, sobretodo por la distancia, me dijeron “que vas a ir a hacer a Bahía Blanca!”. Yo me arriesgué a probar, me dijeron primero una semana, pero me quedé 20 días, “Tatín” De Mattía me dio el visto bueno y ya hace 3 años que estoy acá en el club…
Pensé un montón de veces en volver a probar suerte allá en Buenos Aires. Pero la verdad me fui acostumbrando y adaptando a la ciudad, a todo, y decidí quedarme.

Qué recordás de tu infancia en Mercedes?
Mas allá de los amigos de siempre del barrio y del fútbol, recuerdo mucho el colegio, me encantaba.. Me gustaba ir, me iba bien, no me gustaba faltar y no porque era un “cufa” como dicen acá, además por que en mi casa no sabia que hacer.
Y terminé el secundario acá en Bahía…pese a que no seguí ninguna carrera luego de eso. Mis viejos me “hinchan” para que siga, no entienden como dejé el estudio, pero bueno…
Mi familia es muy futbolera, desde mi abuela hasta mis hermanos, siempre me seguían a todos lados… uno está jugando en La Plata y otro está jugando allá en Mercedes.

PING PONG:
Virtud: El ida y vuelta. Me gusta tener mucho contacto con la pelota, lo que pasa es que si juega Valderrama, pierdo protagonismo (risas).
Defecto: Soy muy calentón…y me falta confianza con la pelota, me hace fastidiar mucho.
El técnico más influyente de tu carrera: Miguel Biglia, de Mercedes.
Tu mejor partido: Jugando un regional para la selección de Mercedes, ganamos 1 a 0, hice el gol yo, y pasamos a semifinales.
El peor: Jugando en Olimpo, contra Rosario, allá en Punta Alta.
Grupo musical: No tengo uno en especial.
Canción: Me va a extrañar, de Ricardo Montaner.
Película: Me gustan muchas, pero me quedo con Troya.
Programa de TV: Todos me gastan con Intrusos, pero prefiero Valientes.
Actriz: Jennifer Anniston.
Actor: Jim Carrey.
Mujer famosa: Flopy Tesouro. En realidad me gustan todas las mujeres…(risas).
Comida: Los asados de mi viejo.
Lugar en el mundo: Me gustaría conocer Australia.
Hobby: Cualquier clase de deporte. También me gusta leer.
Profesión: Tenía pensado estudiar contador.


miércoles, 2 de septiembre de 2009

René Lavand el mago manco



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Por: LEILA GUERRIERO

El destino lo llevó a perder una de sus manos en un accidente. La otra fue suficiente para ser uno de los magos más famosos de Latinoamérica. Perfil del argentino René Lavand, un hombre que hace de la magia un arte.

Al acto de cortar y separar del cuerpo humano un miembro o una porción del mismo se lo conoce como acto de amputar, y solo se realiza en casos extremos, cuando la vida del paciente corre peligro.

Las lesiones producidas por aplastamiento, sin embargo, generan traumatismos tan graves que la amputación resulta inevitable, ya que el tejido necrosado penetra en el torrente sanguíneo, deviene altamente tóxico y, si no se actúa con rapidez, el sujeto puede morir como consecuencia de una falla renal.

La operación no es una operación compleja: se cortan primero la piel y los músculos, se ligan los vasos y los nervios por detrás del tajo para evitar la formación de un neuroma —un tumor nervioso que provoca dolores extremos— y, con una sierra oscilante, se secciona el hueso. Una vez separado el miembro del cuerpo, se liman las partes óseas y se las recubre con tejido blando muscular para obtener un muñón acolchado. Lo que sigue —esculpir el muñón— es un trabajo quinésico que dura meses.

El síndrome del miembro fantasma —una figura mental que puede ser dolorosa o no y provocar picazón o sensibilidad en una extremidad que ya no existe— ocurre solo cuando la amputación se produce en miembros inferiores. La amputación de miembros superiores, en cambio, presenta otras dificultades. La principal, la resistencia de los pacientes. Puesto que las manos tienen un efecto gestual, perderlas equivale a sufrir la amputación del rostro: a vivir con una máscara. En cualquier caso, y como se trata de una operación de carácter mutilante, en la Argentina la Ley Nacional de Ejercicio Profesional número 17.132 exige el consentimiento explícito y firmado del paciente.

No se sabe si alguien pidió el consentimiento del niño cuando, a los 9 años, fue amputado de la mano derecha y equipado con un muñón de 11 centímetros a partir del codo.

No se sabe, tampoco, cómo empieza una vocación pero es probable que haya sido así: el día de sus 9 años en que el niño levantó la toalla con que su madre le impedía ver las curaciones y, allí donde recordaba una mano, el niño no vio nada.

Nada por aquí. Nada por allá. Ahora la ves. Ahora no la ves.

***

La casa es así.

Pero primero hay que llegar a la casa.

Pero primero hay que llegar a la ciudad de Tandil, 375 kilómetros al sur de Buenos Aires, y atravesarla, salir de ella, recorrer caminos de tierra, doblar, doblar otra vez, doblar otra vez más y ver, a mano derecha, una cabaña en medio de un parque, un cartel que reza Milagro Verde, un tinglado de enredaderas bajo el cual hay un Audi nuevo impecable, árboles, árboles, los árboles, un hombre sentado frente a una mesa frente a la cabaña bajo el tirante sol de la mañana, un hombre que bebe vino tinto, viste camisa clara, usa corbatín, pantalones beige, zapatos blancos y enormes ojos acuosos —uno de párpado caído—, cejas profusas y un bigote. La mano derecha —la mano— dentro del bolsillo del pantalón.

La casa es así: una cabaña de troncos con una puerta estrecha a la que se accede por dos, tres, cuatro escalones. Adentro, después del comedor —la mesa larga, el candelabro de una sola vela—, después de la sala —sillas, sillones, un enorme panel de vidrio fijo— hay un espacio pequeño y estas cosas: un paragüero con decenas de bastones, y en la pared sombreros —boinas, texanos, gorras de cuero—, y en el piso compactos —Beethoven, Mozart, Vivaldi, Bach—, y una mesa redonda cubierta por un tapete verde y, sobre la mesa, mazos de cartas. Y, en todas partes, dibujos y fotos de una mano izquierda y del hombre que, sentado frente a una mesa frente a la cabaña bajo el tirante sol del mediodía, bebe vino tinto. A sus espaldas, sobre la puerta de entrada a la cabaña, este cartel: "Podría vivir en una cáscara de nuez y sentirme rey del universo infinito".

—Shakespeare —dice el hombre.

Pero la frase de Shakespeare es así: "Podría vivir en una cáscara de nuez y sentirme rey del universo infinito, si no fuera por mis malos sueños". Claro que el hombre conoce las ventajas: una pequeña mutilación puede transformar algo en otra cosa. Puede transformar, por ejemplo, a un niño común en un hombre extraordinario. A Héctor René Lavandera, nacido en septiembre de 1928 en Buenos Aires, en René Lavand, habitante de Tandil, experto en close up —magia de cerca: magia hecha con naipes y objetos pequeños—, uno de los mejores del mundo en la especialidad de ilusiones con cartas y, si no el mejor, al menos único. Porque, para hacer lo que hace, René Lavand tiene una sola mano. La mano izquierda.

—Venga. Vamos a conversar a mi laboratorio.

El hombre se pone de pie, y lleva la mano derecha en el bolsillo: la mano.

***

Hijo único de Antonio Lavandera y de Sara Fernández, viajante de comercio él, maestra ella, el niño Héctor René Lavandera vivió con su familia en diversas direcciones de la capital argentina. En alguna de todas su padre montó zapatería. En el año 1935, cuando el niño tenía 7, llegó a Buenos Aires un mago llamado Chang y allá fue él, de la mano de su tía Juana. Cuando apareció Chang sobre el escenario el niño quedó mudo y deseó que su padre fuera Chang, que Chang fuera su padre, para aprender de él todos los trucos. Durante semanas, durante meses, no se habló en esa casa de otra cosa: durante el desayuno, Chang; durante el almuerzo, Chang; en la merienda y en la cena, Chang. Un amigo de la familia se apiadó y le enseñó un juego de cartas que el niño obseso empezó a practicar con unción. Poco después, la zapatería del padre se fundió y la pequeña familia se mudó a Coronel Suárez, un pueblo de la provincia de Buenos Aires donde esperaba, al padre, otro trabajo. En febrero de 1937 tenía 9 años. Era carnaval, hacía calor, jugaba a media cuadra de su casa cuando sus amigos dijeron "Vamos a cruzar la calle". Era un desafío menor: no era un río, no era un abismo, no era subir una montaña: eran cinco metros de asfalto. A él, al niño, le tenían prohibido cruzar la calle solo. Pero sus amigos cruzaron y él pensó "También voy a cruzar". Y cruzó. Y entre él y el resto de su vida se interpuso un varón rampante, 17 años a bordo del auto de su padre. Hubo maniobra brusca, niño caído, neumático aplastando —aplastando: lesión gravísima— el antebrazo derecho contra el cordón de la vereda. Sara, su madre, escuchó el golpe y pensó esto: "Héctor cruzó la calle". Llegó corriendo. Cuando lo vio —niño caído— los vecinos la ayudaron a no gritar, a llevarlo a la clínica que estaba justo enfrente. El médico de guardia quiso amputarlo ya —lesión gravísima— a la altura del hombro. Una mujer, una vecina, protestó: "Hay que esperar al doctor Patané". De modo que esperaron. El doctor Patané llegó y le salvó el brazo: cortó la mano y dejó, a partir del codo, un muñón de 11 centímetros. El niño era diestro. La mano perdida: la mano derecha.

***

El parque es así: senderos que se bifurcan, árboles, setos. Al fondo, una casa de huéspedes. En uno de los laterales, un vagón de tren antiguo, de madera. En la cabaña principal, de troncos, un cartel —otro cartel— declama "La Strega: soñada, concebida y diseñada por Nora y René". El hombre de ojos acuosos está, ahora, sentado en el interior de esa cabaña, en el espacio con paragüero y mesa redonda cubierta por un tapete verde.

—Este es mi laboratorio. Aquí paso horas mirando el parque, escuchando música.

El codo izquierdo sobre la mesa, la mano erguida, anillo en el meñique: un timador que quiere parecer un timador.

—A veces repaso mis composiciones, veo cómo puedo mejorarlas. Yo he logrado, y discúlpeme el yo, aquello de que, aún si se ha escuchado la séptima sinfonía de Beethoven mil veces, cada vez que se la escucha es la misma apoteosis.

Se pone de pie, camina hasta la ventana. Dice algo acerca de esos árboles: que son árboles viejos.

—Antes vivíamos en el centro, pero hace años que nos mudamos aquí con Nora. Ella fue la que marcó el camino a la felicidad. Llevamos 25 años de luna de miel.

En el parque, un auto se detiene. Alguien abre una puerta, entra en la cabaña, atraviesa el comedor, la sala. Una mujer alta, rubia, camisa blanca, anteojos de sol: Nora.

—Querida, ella se va a quedar a comer con nosotros.

—Sí, ya me dijiste, querido. Cuántas veces me lo vas a decir.

—Qué carácter tenés, que parece que no se te puede repetir nada.

La mesa se pone afuera, bajo los árboles. Lavand come con un implemento que es, a la vez, tenedor y cuchillo. Alguien dirá algo sobre el polen —sobre el exceso de polen— y acabarán, entre los dos, una botella. Ella se irá a su trabajo como inspectora de colegios rurales. Él, a dormir la siesta. Dos horas, por reloj.

***

La rehabilitación del niño duró un año. No hay precisiones al respecto, pero se sabe que la baraja lo entretuvo. Primero, las cartas se caían en tropel de aquella mano torpe, tan izquierda. Insistió con tesón, se impuso disciplinas arduas: jugar ping pong, pelota paleta. Pero lo de las cartas le costaba sangre. Aferrar, evadir, dar, levantar, ocultar, esconder, escanciar: sangre. Creció. Tenía 14 cuando su madre consiguió un puesto de maestra lejos de Coronel Suárez y se mudaron, entonces, a Tandil. No hay recuerdos tristes de aquella adolescencia. Colegio, amigos; un padre que le dijo "Al primero que le diga manco de mierda le rompe la cara, que yo lo saco de la comisaría"; un hombre llamado Leonardi, aficionado a la magia, que le enseñó algunos trucos y le regaló el libro Cartomagia, de Joan Bernat y Fábregas, en el que confirmó lo que sabía: las técnicas, todas, eran para magos de dos manos: nadie había pensado que podía haber, alguna vez, un mago de una mano sola. Pero insistió y, para cuando terminó el colegio, su mano respondía más o menos dócil y obediente. En 1955, cuando tenía 18, su padre murió de cáncer y el peso de las deudas, de la casa y de la madre cayeron sobre él. Salió a buscar empleo y consiguió uno en el Banco Nación. Pasó allí los siguientes 10 años de su vida. En algún momento conoció a una mujer llamada Sara Dellaqua y se casaron. Tuvieron dos hijas: Graciela, Julia. En 1960 ganó una competencia de ilusionismo y le ofrecieron debutar en Buenos Aires. Dos teatros —Tabarís, El Nacional— lo incluyeron en sus espectáculos de varietés. Se rebautizó René Lavand, con una sofisticación un tanto demodé que por entonces tenía sentido: lo francés era, de lo elegante, lo mejor. Se calzó el frac, el moño al cuello, bigote fino y, reclinado sobre su lado izquierdo, con el aire provocador y displicente que le daba la mano derecha siempre en el bolsillo, hizo furor. En 1961 viajó a Estados Unidos y se presentó en el Ed Sullivan Show y en el programa de Johnny Carson. En 1965 ya era imparable: hizo una temporada en Ciudad de México y sus giras latinoamericanas empezaron a ser frecuentes. El público se rendía ante esa mano que acometía los lomos de los naipes como si fueran vértebras, que arrancaba ases de las honduras de los mazos, que reinaba sobre aquellos bordes y dominaba las cartas difíciles, las profundas cartas, mientras una voz magnética en la que tremolaban el coraje, la violencia o la emoción ahogada contaba la historia de un viejo tramposo del sur de Estados Unidos, de un mago oriental encerrado en una mazmorra, de un tahúr obligado por su mujer a ganar una fortuna antes de la medianoche.

Su fama creció en el círculo áulico de ilusionistas del mundo. Dai Vernon, el mago canadiense que fue uno de los mejores del mundo, lo llamó "La leyenda". Y Channing Pollock, uno de los ilusionistas americanos más exquisitos, le regaló una foto dedicada que decía "Dios debe quererte mucho, por eso te hizo hermoso".

***

—Yo no digo que no exista dios. Digo que, si existe, es un jodido.

Son las cinco de la tarde y René Lavand repasa sin ganas un álbum de fotos: se lo ve de frac, galera, mezcla de David Niven y Mandrake, sosteniendo barajas, un cigarro. Se lo ve, después, mayor, mirando con malicia, ni rastro de inocencia, corbatín de gánster, el traje blanco.

—Todas las técnicas que uso son técnicas de tahúr. Jugué, por plata, entre mis 18 y mis 22 años. Pero cuando empecé a aprender técnicas de jugador de ventaja, dejé.

El álbum pasa: fotos de Lavand en Japón, en Alemania, en el río Mississippi, en México, en España, en Nueva York, en Venecia.

—Yo podría vivir en cualquier lugar del mundo, pero todo hombre debe tener un lugar al que volver. Y Tandil es mi vértice. Y Nora. Nora es la labradora de mi alma, como decía Ortega y Gasset. La conocí cuando yo tenía 55 y ella 35. ¿Vamos a caminar al parque? Los árboles son más importantes que la baraja.

Cuando camina —cuando se sienta, cuando conduce—, lleva la mano en el bolsillo y, por causa de esa mano en el bolsillo, parece estar en otra parte, pensando en otra cosa.

—A mí no me gusta estar solo. He pasado algunos momentos de soledad, entre una mujer y la siguiente. Fueron momentos terribles, pero los he olvidado. El olvido es la mejor condición del ser humano.

Se detiene, levanta algo del suelo. Un diente de león que se deshace. El parque está, como siempre, tranquilo.

***

Graciela Lavandera es la hija mayor de Lavand. Tiene 51 años, es psicóloga. Está tendida en una reposera, en el parque.

—Él y mamá se llevaban pésimo. Mamá era muy difícil. Y papá fue el héroe de mi infancia. Es un hombre de una valentía enorme. Nunca lo oí quejarse del accidente. Quizás porque por la pérdida de la mano devino René Lavand y entonces quejarse de la mano sería como quejarse de su vida.

René y Sara se divorciaron después de 18 años de matrimonio. Para entonces, él ya había renunciado al banco, vendía seguros en los ratos libres y era un ilusionista de porte. Meses después de aquel divorcio conoció a Norma, una modista con la que estuvo cuatro años y tuvo, con ella, dos hijos más: Lauro, Lorena. Norma ya no vive en Tandil. Sara, su primera mujer, nunca se fue de allí y, seis años atrás, se suicidó.

***

Cuando José Fosco era chico —tiene 27— solía pasar en bicicleta por la puerta de Milagro Verde, fascinado por aquel hombre. Tímido y sin vocación aparente, este varón joven de modos antiguos encontró hace 11 años la excusa para acercarse a él.

—Vine a hacerle una nota para una revista local. Y nunca dejé de venir. Él me llama su discípulo. Me gusta pensar cosas para él, estar en el laboratorio viendo cómo se puede mejorar una composición, un juego.

Durante años, René Lavand practicó esgrima. Suele decir que eso fue lo que le dio elegancia sobre el escenario. José Fosco prefiere pensar que eso fue lo que lo hizo implacable.

—Puede dudar, pero cuando da una estocada, mata. Es un escorpión. Infalible.

***

Lavand va y viene del comedor a la cocina, enciende una vela. Todos los días, a la hora del almuerzo y de la cena, enciende una vela, pone la mesa y descorcha un vino.

—Discípulos he tenido pocos. Lo primero que hago, cuando viene alguien a verme para que le enseñe, es escucharlo, ver cómo camina, cómo se sienta, cómo saluda. Pero yo no puedo enseñarle nada. Solo mostrarle. Andrés Segovia estaba tres meses para sacar un acorde. Esto es lo mismo.

Le gusta citar nombres como esos: Segovia, Beethoven, Rubinstein, Pavarotti. Y como estos: Borges, Unamuno, Ortega y Gasset, José Ingenieros, autores de los que no ha leído casi nada, nombres que están ahí, intercalados en sus historias, para crear la ilusión de que es un gran lector, hombre cultísimo.

—La verdad es que yo leo muy poco. De hecho, leo poquísimo.

Pero si toda percepción es verdadera, y si la clave de todo ilusionista consiste en sacar provecho de esa frase, Lavand —su corbatín, su casa de madera, su candelabro de una sola vela, su ropa clara, sus zapatos blancos— es el ilusionista perfecto: el que deviene, él mismo, la ilusión.

***

Son las dos de la mañana de un lunes, Buenos Aires. En un cabaré de la calle Corrientes un hombre se levanta la camiseta hasta el cuello, muestra la espalda y dice:

—Mirá.

Lo que se ve es un tatuaje que ocupa buena parte de su lateral izquierdo: el rostro de René Lavand sobre su espalda.

—Me lo hice en 2005. Para mí, él siempre fue el mejor.

Diego Santos es ilusionista, y uno de los pocos discípulos de Lavand.

—Es limpio. No se ve nada turbio en el juego. Y su técnica es increíble. Bajando el ritmo de los juegos al mínimo, hace que el movimiento siga siendo indetectable.

Hace años, René Lavand modificó un clásico juego de close up llamado "Agua y aceite": tres cartas rojas y tres cartas negras que, dispuestas una y otra vez de forma alternada, terminan siempre juntas, enfiladas: rojas por un lado, negras por el otro. Si el lugar común que sostiene a la magia dice que es posible que sucedan cosas como esas porque la mano es más rápida que la vista, Lavand metió el dedo en esa llaga e hizo lo contrario: exacerbó la lentitud de esa composición de apariencia sencilla, llamó a esa técnica "lentidigitación" y logró algo que los ilusionistas consideran una obra de arte: su versión de "Agua y aceite", llamada "No se puede hacer más lento", en la que, con una sola mano y lentitud de iglesia y de incensario, hace que las tres cartas negras y las tres cartas rojas terminen magnéticamente unidas entre sí, una y otra vez, y cada vez más lento. Por dentro, mientras lo hace, Lavand es una máquina certera, un engranaje, un centurión sudando por su vida. Pero lo que se ve es esto: su mano líquida, reptante. La infinita gracia.

***

—La belleza de lo simple. Tic, tac. Y si podemos hacer tic, mejor. Hay quien dijo que cuanto más suave la caricia, más penetra. Yo digo que cuanto más lento el movimiento, más impacta.

Sobre la mesa con tapete verde, Lavand despliega un maletín con lo que necesita para viajar por el mundo: 30 gramos de barajas, poco más.

—En este maletín está toda la composición de "No se puede hacer más lento". El talco, la glicerina para cuando se seca la mano. Y la baraja española. Eso es todo.

En su libro René Lavand, la belleza del asombro (editorial Páginas) escribe respecto a sus cartas dadas (aquellas que, como dice la palabra, se dan): "No sé si yo hubiera podido aprender esta técnica leyéndola en un libro. Tampoco sé si hubiera llegado a creer en el autor respecto a la posibilidad de su realización. Brindo por tu voluntad y, si lo logras con una sola mano, llegarás a prescindir de la otra. Tu cerebro ordenará a un solo brazo".

—Las cartas dadas son más difíciles que nada. La mezcla y las dadas mías no las hace nadie en el mundo. Para hacerlas, hay que perder una mano primero.

De pronto, un ruido: la cabaña se estremece. Lavand camina hasta la sala, pausado, como quien sabe qué va a encontrar.

—Una paloma. Pobrecita.

Parado frente al enorme panel de vidrio dice que les pasa siempre.

—Les pasa siempre. No lo ven, y es tan grande que se lo chocan.

El vidrio tiene ahora un rastro licuefacto, una baba de sangre.

***

Atardece así: las primeras luciérnagas, un perro, los ruidos de las cosas cuando las cosas se retiran. Cuando el sol evapore las copas de los árboles, cuando el parque sumerja sus copas en las trompas tumefactas del final de la tarde, Lavand hablará de París en invierno, de los amigos, que casi ya no quedan, de su madre, que antes de morir pidió los aros.

—Los aros.

Después, llorará dos veces. Breve, casi seco: el pañuelo, del bolsillo a sus ojos, una medusa en la tarde que apenas ilumina. Llorará, primero, recordando a su padre: el modo en que su padre temía un destino cruel para ese hijo empeñado en lo imposible: en ser el mago de una mano sola. Llorará, después, recordando a una mujer que no eligió. Que dejó ir.

—Bueno, así son las cosas. Mire, yo no tengo nada de macho.

La voz cae: cae sobre el césped encendido, bajo el polen profuso.

—Pero creo que soy un hombre. Un hombre fuerte.

Bajo el polen fecundo: la voz cae.

***

En torno a la cabaña hay pequeñas estatuas de gnomos. Hay, también, dos mandíbulas de ballena, un sector de pasto impecable, un banco. Nora se sienta en ese banco y dice:

—Hablemos. ¿Qué me querés preguntar?

Ojos entrecerrados, la camisa blanca. Sobre su falda, un gato.

—No, no me grabes. Tomá notas.

Dice, apenas, esto:

—Él era un manco que hacía trucos y me sedujo. Es un hombre demandante, pero se arregla solo. Ni te acordás que no tiene una mano.

Ojos entrecerrados, camisa blanca, sobre su falda el gato: adormilado por la caricias

lentas.

—¿Algo más?

Eso es todo.

***

Lavand conduce el Audi rumbo al centro. Para poner los cambios cruza el brazo por delante del cuerpo. El gesto es rápido, preciso.

—Soy muy blasfemo. Estoy todo el día "Me cago en la virgen, me cago en dios". Ahora hace dos meses que no blasfemo. No sé cuánto me durará.

Durante la espera en un semáforo saca un papel del bolsillo: su lista de tareas: fotocopias, un quiosco, farmacia. La lista no toma mucho tiempo: media hora por el centro y una blasfemia —breve— a la hora de sacar el auto del estacionamiento porque ha quedado difícil: encajonado.

—¿Vio? Ya soné. La verdad es que yo soy un cascarrabias.

Hace una pausa, dobla, dobla otra vez. A 20 metros, la entrada a su cabaña. Entra por el camino estrecho, estaciona debajo del tinglado de enredaderas.

—Soy un hombre de reacciones, un paranoide. Soy un hombre que ha tenido un accidente duro, que ha tenido una castración a los 9 años y reacciona en consecuencia.

Inclinado sobre el volante, Lavand mira todo eso: los árboles, los setos, los caminos. Todo eso: las flores, las plantas, los senderos: lo que podría no haber tenido nunca.

—Colecciono sombreros, también.

—¿Como consecuencia de la paranoia?

—No. Para cambiar de tema, porque el tema del accidente me agota.

La risa llena el auto como una cosa diáfana.

Después, el último almuerzo de todos estos días.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Opiniones de un pie zurdo

El domingo ocho de octubre de 2000 la camiseta número 10 fue retirada para siempre de la alineación del Nápoles. Otro episodio en la ópera que Diego Armando Maradona representó al borde del Vesubio. Cuando el dios de los pies pequeños llegó al equipo, en 1984, el Nápoles se había salvado del descenso por un punto. Los méritos deportivos del club eran escasos, pero tenía un fanaticada de taquicardia. En un acto de quince minutos, el argentino fue recibido por ochenta mil feligreses en el Estadio San Paolo y sucumbió a su segunda pasión pública, el llanto inconsolable. La verdad sea dicha, el redentor no estaba en mejor estado que su equipo. Venía de una larga hepatitis, una fractura marca Goikoetxea, el fracaso en el Mundial de España 82, largas disputas con la directiva del Barcelona y el recién adquirido vicio de la cocaína. A los veintitrés años podía convertirse en un jubilado precoz. Inyectado por médicos sin escrúpulos, dispuesto a viajar veinte mil kilómetros para jugar un amistoso, Maradona se había consumido a un ritmo de cuatro partidos por semana, en medio de una verbena de reporteros y fotógrafos. En 1984, el bebé nacido en el Hospital Eva Perón refrendaba la capacidad argentina para producir mitos melodramáticos.
Nápoles era su Pompeya posible, un lujoso cementerio con vista al mar de la leyenda. Sin embargo, en su misma precariedad, el club celeste le brindaría el combustible de entusiasmo y rencor para crear «un equipo desde abajo y contra todos» y cumplir la máxima tarea del Hércules deportivo: el regreso contra los pronósticos. En su primer partido en la Italia del norte, Maradona conoció el racismo con que se trataba a los napolitanos. Una pancarta decía: «Bienvenidos a Italia: lávense los pies». El niño de Villa Fiorito había caído en la sede de los italianos pobres que décadas antes buscaron refugio en las barriadas argentinas, y decidió poner su sentimentalismo cum laude y su pie izquierdo al servicio de San Gennaro, patrono de la ciudad.
Los resultados desafiaron toda lógica: el equipo que en los excelsos vestidores del Milán de Armani era visto como una horda africana, empezó a ganar partidos. El fútbol es, entre otras maravillas, un gran disparate físico. Maradona mide 1,62, duerme hasta las once, corre sin ganas y digiere con calma chicha (una ración de más en el espagueti del sábado se le notaba en el juego del domingo). Sin embargo, una tensión extraña le recorre el cuerpo. Aunque se vista de frac, parece a punto de matar un balón con el pecho. Es el mayor artista del capricho que ha conocido el fútbol, el más dramático y del que más ha dependido un equipo. Ni siquiera Pelé ejerció un liderazgo tan unánime. En el Mundial de México 86, Diego logró hacernos creer que cualquier selección hubiera sido campeona con él en punta. Durante la Eurocopa 2000, Platini comparó al 10 argentino con el monarca actual del fútbol: «Zidane hace con la pelota lo que Diego hacía con una naranja».
Maradona llevó al Nápoles a su primer scudetto en sesenta años, en una liga de formidable rudeza, y aceptó ser el hombre más públicamente pateado del siglo XX. La Aldea Global atestiguó sus lances en el circo romano. De las brumosas estepas de Europa oriental y las insoladas planicies del leopardo llegaron legionarios dispuestos a romperle los tobillos. Diego jugó según su peculiar psicología: como Novato del Año, con una ansiedad primaria por ganarse el puesto. Sin la pelota, Diego se siente más solo que Adán en el Día de las Madres y pide que le den una jugada. Nunca dejó de ser el adolescente al que Menotti tuvo que hacerle el nudo de la corbata para que recibiera el trofeo de mejor jugador en el Mundial Juvenil de Tokio 79.
Nápoles se entregó sin miramientos al salvador extranjero. El bel canto adoptó arias en su honor, cada tavola calda incluyó en su menú la Pizza Maradona y los nombres de los próceres fueron borrados de las calles para honrar con redundancia al nuevo héroe: la Via Maradona desembocaba en la Piazza Maradona. En 1990 Argentina eliminó a Italia del Mundial, nada menos que en el Estadio San Paolo. El drama rebasó a los cronistas de La Gazzetta dello Sport y reclamó un libreto de Puccini. El Espartaco del sur luchaba contra las huestes del Imperio. En Nápoles, Argentina parecía una Italia más verdadera. La ópera se resolvió en penales. Cuando Maradona se dispuso a tirar el suyo, los napolitanos no pudieron silbarle; soportaron el ultraje en silencio: la pelota rodó, lenta, perfecta, inalcanzable. Los napolitanos aplaudieron, con lágrimas en los ojos, en franco suicidio emocional.


«Dicen que yo hablo de todo, y es cierto»

En el 2000 la camiseta 10 del Nápoles se convirtió en una forma de la ausencia, y Maradona lloró vía satélite para refrendar su condición de dios jodido. Por esos días salió a la venta su excepcional libro de memorias, Yo soy el Diego de la gente. El título, de un populismo sensiblero capaz de ruborizar a Libertad Lamarque, costó un millón de dólares. Leonardo Tarifeño afirmó con acierto que Maradona es el autor argentino mejor pagado por no escribir un libro. Su autobiografía en primera persona fue trabajada por dos periodistas curtidos en las canchas, Daniel Arcucci y Ernesto Cherquis Bialo. A ellos se debe el logro esencial de recrear la voz genuina y arrebatada que el crack es incapaz de darse por escrito.
De modo previsible, el libro ofrece un extenso convoy de narcisismo. En un negocio de exhibicionistas, Diego nunca ocultó su vanidad y bautizó al puño con que anotó contra Inglaterra como «la mano de Dios». Lo decisivo, en este caso, es que la expedición a un ego colosal va acompañada de una franqueza que vulnera y muchas veces agravia al autor. Para Maradona, las lágrimas son un signo de puntuación y el llanto sin freno una forma de separar capítulos; lee su vida como una letra de tango y no tiene empacho en inculparse. Habla de los coches que le regalan y describe cómo rechazó un Mercedes de museo porque le decepcionó que fuera automático. Su cursilería y su mal gusto servirían para decorar un casino en Las Vegas; sin embargo, incluso alguien de franciscana austeridad puede sentir empatía ante el pueril entusiasmo con que Diego festeja un regalo de su esposa: un calzón de Versace que le daría envidia al narcotraficante más rococó. Incapaz de argumentar en línea recta, saca conclusiones de ingenua sinrazón: «Prefiero ser drogadicto que un mal amigo», afirma, como si el afecto sólo prosperara dentro de un cártel.
Derrotado por su fama, adicto a la prensa que lo malinterpreta, ve sus rabietas como una disidencia. Casi siempre, se trata de arrebatos dignos del rocanrolero que tira una televisión por la ventana de su suite. Maradona detesta a los directivos con los que luego se congracia, repudia a la selección por «dignidad» y regresa a ella porque descansó unos días pescando tiburones, arremete contra los colegas que desean controlar al equipo y aplaude que la directiva del Nápoles contrate a todos los jugadores que él pide. Sus críticas certeras son de alcance restringido: João Havelange no merecía un sitio en las canchas porque se trata de un jugador de waterpolo convertido en político; la FIFA no debería permitir que once hombres con diarrea jugaran en el mediodía de México, a 2 200 metros de altura y «a la hora de los ravioles». Maradona tiene razón en lo que compete a los abusos sufridos por los jugadores, pero fracasa al postularse como un Túpac Amaru de pantalón corto.
Durante años, los medios han brindado un foro desmedido a las impulsivas declaraciones del futbolista. Jorge Valdano resumió la situación mejor que nadie: se escucha a Maradona como si también opinara con el pie izquierdo. En 2002, el Pelusa anunció que piensa conducir un show de televisión «al estilo David Letterman». Diego vive en estado de confusión mediática: luego de dictar cátedra en la cancha, quiere opinar con la zurda fuera de ella.
Maradona jamás estará bajo sospecha de ser congruente, pero sus confesiones en Yo soy el Diego se leen como una sostenida forma de la pasión. Qué desleído luce, en comparación, un reportaje más serio y documentado como La mano de Dios, de Jimmy Burns, que hurga en la ropa sucia de su protagonista, lo vincula con la camorra y las interminables piernas de la modelo Heather Parisi, busca hijos ilegítimos, explora las patibularias adicciones del rey bufo de Nápoles. En forma inevitable, Burns deja numerosos cabos sueltos. No es por esto que su escrutinio resulta inferior a las fragmentarias infidencias de Yo soy el Diego, sino porque carece del tono exacto con que Maradona acepta haberla cagado. Sería difícil imaginar a otra laureada figura del deporte escribiendo acerca de sus vistosos errores y los hijos de puta que detesta con honestidad.


Pero la mente del chico de Villa Fiorito nunca ofrece una sola faceta. Las magníficas recriminaciones con que se humaniza contrastan con la mala imitación que hace del «futbolista consciente», al estilo Cantona. Con excesivo énfasis, trata de darle un tono político a su lucha por sobrevivir. Sus confusos ídolos cívicos son Fidel Castro, Carlos Saúl Menem y el Che Guevara que lleva tatuado en el brazo. En 2001 concedió una extensa entrevista al italiano Gianni Minà, en su retiro médico de Cuba. En un itañol lastrado por el encierro y las medicinas, Diego comparó a Celia Cruz con un orangután por oponerse al gobierno de la isla y dijo que la historia de América Latina estaba mal contada. Se dio cuenta de esto cuando rentó un jet para cruzar los Andes y pensó que San Martín no podría haber hecho la misma travesía a pie, según aseguraba la leyenda. El hombre que necesita un jet privado para contradecir la historia oficial difícilmente puede ser calificado de izquierdista, y sin embargo, en Diego hay una faceta rebelde, anárquica, que lo aparta de los divos y lo acerca a la fanaticada. El Pelusa es un guevarista tribal. Colóquenlo en un chalet de lujo y parecerá que está ahí de campamento.
Tal vez porque envidian demasiado a los jugadores, los directivos de la FIFA no pierden oportunidad de meter la pata. Al finalizar el siglo XX hicieron una encuesta sobre el mejor futbolista de la era, algo tan disparatado como que la ONU proponga el hit-parade de sus países favoritos. Pelé fue seleccionado por los expertos y Maradona por la comunidad de Internet. Diego gozó su doble triunfo: las infanterías lo eligieron en contra de los generales. Edson Arantes quedaba como el ídolo dócil, manipulado por el sistema, incapaz de levantar la voz. Aunque las estadísticas de Pelé son superiores, ningún jugador ha tenido un comando del equipo tan completo como Maradona.
No es descabellado suponer que tal vez Brasil habría obtenido los mismos títulos sin su emblemático número 10; en cambio, sería un delirio imaginar una Argentina sin Diego en punta en México 86. Su jerarquía fue absoluta, sobre todo como líder a contrapelo, de una escuadra en la que nadie confiaba (el Nápoles o la Argentina del impopular Bilardo); con el viento a su favor, fue menos eficaz. Obligado a triunfar (en el Barcelona o en España 82), no fue el gigante que sorteaba peligros, nutrido por la paranoia y la desconfianza. En este sentido, Bilardo resultó para él como el Iago de Shakespeare: susurró en su oído intrigas suficientes para hacerlo actuar con furia creativa.
Maradona tenía el sello del monstruo; era la diferencia. Le bastaba recibir un pase de trámite en media cancha para resolver el partido. Quizá este poderío le cobró una peculiar cuota psicológica. Así como los extremos izquierdos viven un poco al margen del mundo y los porteros se acostumbran a tomar decisiones en soledad, con reglas que sólo se aplican a ellos, el líder total no concibe un problema que se resista a sus regates. Maradona creó un mundo a semejanza de sus deseos, con tal plenitud que se desentendió de la realidad, esa bruma sin magia que circunda los estadios. En su combate con el otro gran 10, a Maradona le gusta citar a Rivelinho, el extremo de fábula que una vez le dijo a Pelé: «Dime la verdad, te hubiera gustado ser zurdo, ¿no?». Para los amantes del capricho, el virtuosismo del pie izquierdo es una moral.


¿Hay una escena capaz de resumir la accidentada carrera del gladiador con cuerpo de carnicero? Puestos a elegir, escojo el rugido con que encaró una cámara en Estados Unidos 94. Diego volvía al Mundial después de las turbulencias de Italia 90, los «ravioles» con cocaína que le encontraron en Argentina, las muchas pruebas de que sus pies eran del barro común de Villa Fiorito. Sus principales lances ya ocurrían fuera de la cancha y su cuerpo anunciaba el retiro. Sin embargo, en el partido contra Grecia, tomó el balón como en los tiempos en que sólo chutaba por gusto y lo mandó al rincón de la portería. Después del juego sería escogido (posiblemente a propósito) para el examen de antidoping y daría positivo por efedrina, medicamento que ayuda a respirar pero difícilmente a tirar de chanfle.
A partir de entonces, su caída sería definitiva y sólo le quedaría la compensatoria posteridad de los escándalos noticiosos: sus declaraciones locas, sus tratamientos contra la droga, su accidente automovilístico en Cuba, su imagen terrible y cautivadora: un gordo con el pelo naranja y aretes en las axilas. Pero detengamos su leyenda en ese último golazo. Después de cruzar al portero, Diego corrió para celebrar el tanto; de pronto, vio una cámara de televisión, fue directamente ahí y rugió ante el lente como una bestia herida. El descastado, el león en la mira de la FIFA, había regresado a sus dominios. La víctima de la mucha admiración buscaba una venganza. No la tuvo.

domingo, 9 de agosto de 2009

...ME VAN A TENER QUE DISCULPAR....


Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones aceptadas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el solo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.
Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota.
Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.
No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.
El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.
Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre los argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos. Los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores, nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso y digo alguna sandez al estilo de Y, no sé, habría que pensarlo; o tal vez arriesgo un vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta;. Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones para ellos.
Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros, los mortales. Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como la hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la que mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en el que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta el presente, he mantenido en secreto. Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del que no debió moverse, porque era el exacto lugar en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí.
Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos. Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta.
Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumulada en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio “te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros”. Así que están ahí los tipos. Los once tuyos y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.
Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va ese tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y, aunque sea, les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.
Hasta ahí, eso sólo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga “bueno, es suficiente, me doy por hecho”, hay más. Porque el tipo, además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.
Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero van sintiendo un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante. Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar luego los ojos hacia el cielo. Y hace bien en mirar al cielo, porque no sé si sabe, pero ahí están todos, todos los que no pueden mirarlo por la tele ni comerse los codos.
Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. Así que, señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que suponen debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque, ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por dejar que los ingleses tuvieran todavía los otros días de su vida para tratar de olvidarse de ese, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida.